Democracia, transparencia, estrategia y República

Comparte este artículo

Preferimos los caudillos y sus democracias plebiscitarias

Desde la Independencia del Perú, y sobre todo desde la promulgación de nuestra primera Constitución Política (1823), nos hemos etiquetado como República. Sin embargo, la historia ha demostrado que ha sido siempre un ideal, porque desde entonces, hasta la fecha, la República se ha visto interrumpida por las rupturas constitucionales y los golpes de Estado. A pesar de persistentes intentos, esta no se ha plasmado como una forma sostenible de gobierno. La historia política ha enseñado a los fundadores y líderes de partidos políticos a aprovechar los espacios democráticos para organizarse, gobernar y a la vez estar preparados para desaparecer o esconderse en la vida clandestina y el exilio en periodos de dictadura.


En nuestro país aún no existe un juego democrático, sino un juego de alternancia entre dictadura y democracia. Los partidos políticos longevos son aquellos que han aprendido a conducirse en la clandestinidad y con estrategias de defensa sobre la base de sacrificio e ideales. Son aquellos que han aprendido a vivir en las cárceles, en el exilio y el ostracismo. Han luchado para el retorno de la democracia y, bajo esas condiciones de trabajo político público y abierto, algunos han gobernado. Luego de la claridad democrática ha sobrevenido el oscurantismo de los caudillos y las dictaduras. Este es el drama del Perú.

El pretexto de todos los caudillos que han pisoteado las incipientes democracias republicanas, en cada periodo, ha sido que las instituciones, base esencial del autogobierno republicano, son corruptas y deben ser intervenidas y reformadas por el caudillo visionario y transformador. Pasan por alto que, en el autogobierno democrático republicano, las instituciones se auto depuran y se auto perfeccionan con los mecanismos de transparencia y acción política de los propios ciudadanos sobre sí mismos. No es extraño, además, que los caudillos califiquen en modo despectivo a los partidos políticos como caducos, corruptos y de bandas organizadas para delinquir. En ese escenario, la clandestinidad y el exilio son necesarios para la sobrevivencia política. Pero también es cierto, aunque esto no justifica el zarpazo dictatorial, que los líderes políticos y las élites de gobierno han desaprovechado los periodos democráticos —por intereses creados, falta de visión y capacidad— y no han logrado la consolidación del ideal republicano y democrático. Han mellado la confianza ciudadana, aspecto esencial de la democracia.

La pobreza, la exclusión social y las élites gubernamentales ineptas son aspectos que aprovechan los caudillos para exacerbar la desconfianza en las instituciones y someterlas, a través de las encuestas o el plebiscito. Instauran la llamada “democracia plebiscitaria”, el diálogo directo del caudillo con el pueblo. La aureola de salvador omnipotente encandila al pueblo. Los agentes económicos, para asegurar sus inversiones, necesitan la venia del “salvador”; es decir, se fortalece la economía corrupta mercantilista, que fabrica mayor pobreza y exclusión social. El ciudadano, en esa circunstancia, vuelve su mirada a los partidos y a la democracia.

Contrariamente a las acciones de gobierno y de la administración pública, que deben ser transparentes y justas, la estrategia política es reservada, disciplinada y leal. Por ejemplo, en el deporte el secreto en que opera el director técnico y los jugadores cuando analizan y traman la superioridad, el engaño y la audacia son necesarios para vencer al rival. El estratega requiere secretismo en modo indiscutible. Sin embargo, ya en el campo de juego, las acciones y las incidencias deben ser conforme a reglas y en modo público. Es decir, transparentes. Los mismo ocurre en la política. Recordemos que la violación de este principio democrático en los Estados Unidos, en el caso Watergate, produjo la caída del presidente Richard Nixon.

El desarrollo económico y social en una República democrática es el resultado de reglas de juego estables y predictibles, instituciones confiables y autónomas, con respeto irrestricto de los derechos humanos de todos. Además, se debe garantizar el principio de la reserva en la innovación y elaboración de estrategias políticas, empresariales y comerciales, así como de transparencia y honestidad en las acciones gubernamentales, empresariales, laborales y de seguridad interna y externa. Es obvio que estas condiciones no se dan de la noche a la mañana. Es necesario emprender, en modo progresivo, una serie de reformas políticas, económicas y sociales que dinamicen la economía, la creatividad y el crecimiento, con la finalidad de mejorar el bienestar social y erradicar la pobreza y la exclusión social.

Por Herberth Cuba

 

Publicado en: El montonero

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *